David Uclés, el autor de
La península de las casas vacías, nos firma, en su vsista a Almendralejo, el libro que regaló a la biblioteca la profesora de Francés Silvia Caballero.
El repique de las campanas de la iglesia marcó la medianoche.
Odisto se había sentado en un pilón sin agua que había en la
tercera terraza. Acariciaba la chapa de su nombre pensando en el
bautizo de su próximo hijo. Aún no habían decidido si le sumergirían la cabeza en agua bendita o si se la hundirían en tierra del
desierto —el de Larva lo tenían a cuatro leguas, y el de Tabernas,
a tres horas a caballo—. El agua dotaría al bebé de un espíritu
fuerte y de una inteligencia mayor, mientras que la tierra lo haría
enérgico y tenaz. Desazonado, Odisto decidió acercarse al camino de los tilos, que llevaba a la segunda terraza, desde donde
podría escuchar el primer llanto del neonato. (fragmento)
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